A veces miras hacia atrás, y todo lo que ves es dolor, todo lo que recuerdas son lágrimas... y todo lo que te vienen son más lágrimas.
Aprietas los ojos, por que te dices que no deben salir, que no se lo merece, pero acaban cayendo y perdiéndose por las mejillas, para acabar en un pañuelo.
Te odias a ti misma, por que te considerabas fuerte, y lo considerabas tan en el pasado que no te podía volver a acechar, y mucho menos a reabrir viejas heridas que se creian cerradas.
Pero odias a esa persona mucho más, mucho más que demuestra lo mucho que te importa, pese a que la otra persona ni siquiera tiene para ti una mirada amable.
Pero no puedes evitarlo. Y te hundes más en el dolor y en el odio.
No puedes gritar. No puedes decir nada. No lo quieres hablar, pero al fin y al cabo acaba saliendo, te guste o no.
Todo el mundo necesita ser escuchado.
Y después... se vuelve a hundir en el vacío, hasta que a tu mente vuelva.
Hasta que se diga esa palabra, se haga eso para revivirlo.
Y que duela.
Es un circulo vicioso del que no se sabe si se saldrá. Pero no te queda más remedio que poner una sonrisa a todo el mundo. ¿Para qué preocuparlos? Ellos no tienen la culpa, ellos no necesitan saberlo. Necesitas aparentar ser fuerte.
Una sonrisa, y a esperar que llegue el día en el que todo desaparezca y sonrias, de corazón.
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